
Todos los lunes sin falta llegaba en su furgoneta, una especie de ultramarino ambulante, lleno de comida y productos de limpieza. Traía de todo; era muy previsor y sabía lo que nos hacía falta. Sabía que mucha gente en el pueblo no tenía coche y que desplazarse hasta Cistierna para hacer la compra suponía mucho perjuicio, así que allí se agolpaba la gente esperando su turno. Y cuántas veces no se aprovechaba la compra para saludar a la gente que iba llegando en verano al pueblo y para ponerse al día las unas de la vida de las otras...
Y los mismo pasaba cuando sonaba el claxon del panadero. Llegaba dos veces por semana y aunque al principio de venir también paraba en el centro del pueblo, con el tiempo iba recorriendo con su Land Rover todo el pueblo y paraba en cada casa, así que sólo había que salir a la puerta para comprar el pan. "Yo quiero torta, mamá... ", "¿Trae bollos, qué más trae...?, era la rutina de cada día intentando conseguir algún extra. Y cuando lo conseguíamos entrábamos corriendo en casa, gritando y riendo.